
Deseaste ser trizado en las bacanales, dañado bajo los rituales de la luna, presa entre los dientes de las cazadoras.
Invocaste tu filiación divina para hacer libres a las mujeres.
Intentaste devolverles su dimensión de ternuras y violencias.
Acercaste las vides a sus labios, las embriagaste con su propio reflejo de belleza y locura.
Escuchaste — risueño— los cantos de los iniciados. Venían con sus recetas de filtros y ensalmos.
Buscaban el elixir, tu secreto.
Pero estabas ungido de filiaciones.
Brotabas la tierra al golpe del tirso.
Burlaste a Penteo camino al Citerón.
Allá arriba, en el monte, las desnudas celebraban su danza salvaje. Atacaban a los animales.
No hay mortal nacido hombre o bestia que sobreviva entre ellas.
Llevaste a Ágave, con la cabeza de los fascistas. Las pequeñas rameras de Schowb: Monelle y sus hermanas. Llevaste a la María de la pietá y a la Teresa de Bernini.
Les diste la tormenta que extinguiera a Sémele, el rayo primero, la égida del padre.
Y bailaron.
Bacanal de madres. De santas y de putas.
Ahí tienes tu fruto, Dioniso.
Proteico Prometeo, rehén de tu propia trampa.
Tus ménades se entretienen.
Encadenado a una roca por la eternidad, aguardarás la dentellada eterna de las águilas sobre tu costado.
Podrías detestarlas por ese juego de niñas.
Pero se complacen en verte morir. No es de dioses el resentimiento.
Si se ven tan libres y peligrosas.
Tan salvajes y bellas.
©JAVIER GALARZA
–2007-12-22
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